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En las contradicciones, mi sensibilidad

Madre es la columna personal de Jessica Signoretta, fundadora y directora editorial de Sofoco.

El criterio impide un poco sobrevivir en el vacío. Lo vuelve más hondo y abandonado. En los momentos en los que se llena, y en la mayoría de las veces de tan solo banalidades, corta directamente la respiración. Y últimamente mi curaduría en Sofoco tiene poco oxígeno.

Suelo cuestionar mucho mi propia mirada, mi obsesión por la coherencia es constante. Septiembre y octubre son meses abducidos por las fashion weeks, latinoamericanas y extranjeras, dueñas de mi tiempo y mis ojos. Suelo observar e investigar. Escuchar qué me hace sentir lo que veo (fundamental). Y pienso mucho en cómo está la vara. O si quizás habría que armar otra.

Soy consciente de que el diferencial de Sofoco es la decisión editorial de una mirada sensible de la moda (porque el vestir es un debate que no cabe en esta entrega), pero no inocente. Nunca deja de ser una industria. Y claro, no se puede vivir solo de construir una mirada. Mi hipótesis editorial base es que el diseño latinoamericano tiene que mirarse a sí mismo y narrarse desde esa propia mirada. ¿Pero qué tipo de mirada sería, entonces, la propia? Es una realidad que las y los diseñadores regionales, junto a las marcas, tienen de base una limitación enorme: necesitan importar gran porcentaje de telas y avíos para poder producir. Diseñar en la región es costoso. Los pesos están devaluados y los valores del dólar, desproporcionados.

Ante una estrategia costo-beneficio, la narrativa queda expuesta. Suele ser el último eslabón que se respeta a sí mismo, y queda reducido a ser tan solo un canal de proyección y materialización en función de su pertenencia a la industria, sistema que permite, prácticamente, la sostenibilidad de una marca. De ahí nace el primer nudo en el estómago que me generan las contradicciones: firmas de diseñadores, diseñadoras y marcas latinoamericanas que reconocen los elementos estilísticos de sus propias culturas nacionales, y que los volvieron, hasta el fondo, folclóricos para figurar en el mercado internacional. Una perpetuación de la historia de la cultura material latinoamericana y caribeña: exotizar hasta el último elemento para conseguir una validación externa, aparentemente necesaria, de un mundo que nos sigue considerando una periferia.

¿Puedo yo osar de superioridad moral y catalogar a una colección de diseño originalmente latinoamericano, presentada en una fashion week local o internacional, como una alteración cultural? ¿Cuál es el límite entre la intención explícita de folclorizar un diseño autóctono, o diseñar así por inercia? ¿Qué tan internalizada está la mirada colonizada de quienes diseñan desde la propia estética de sus naciones, que quizás no reparan en que continúan perpetuándola? ¿Qué alternativa propone, entonces, mi divulgación, para que la moda latinoamericana subsista por sí sola, en un territorio que sigue teniendo sus recursos saqueados, sus accesos a la formación limitados y sus techos de producción y sostenibilidad tan bajos?

Comunicaré hasta el cansancio que las técnicas precisas ancestrales y la artesanía serán el diferencial mundial más importante a largo plazo. No solo por la vasta creación de diseños que otorgan las artesanas y los artesanos, que vuelven irrepetibles a las piezas de un mundo que estará abarrotado de objetos falsos y similares creados por inteligencias artificiales, sino por la altísima calidad que permite su longeva durabilidad, en un mundo que también continuará con un mayor peligro ambiental. El otro nudo aparece en la reducción de este diferencial como único relato de lo que el diseño latinoamericano es y puede aportar, invisibilizando la creatividad de quienes diseñan, o moldeándolo en favor de la folclorización. Es una reparación histórica y no se discute lo que es, Latinoamérica y el Caribe diseñan con lo que son, pero no es lo único que, en realidad son. Se diseña desde las raíces, sí, pero no es la única temática estética que las y los creativos de la región son capaces de abordar.

Lo propio nunca es (ni fue) absolutista. Ni un tocapu fue igual a otro, en un mismo sistema estético cultural. La reducción estilística que perpetúa una sola manera de leer y proponer el diseño latinoamericano es una mirada propia parcial y desdibujada. Primero, porque la identidad latinoamericana no existe en sí misma como un todo, ya que cada país tiene una estética cultural diferente; y segundo, porque reducirle el valor a lo artesanal es seguir perpetuando las miradas colonizadoras que creían que nuestros pueblos estaban “atrasados” por falta de tecnologías, según su criterio, actuales. La ancestralidad como forma de producción tiene que funcionar, ante todo, en la inclusión de artesanas y artesanos aborígenes que contienen los saberes y los diseños. La periferia nunca dejará de serlo si considera a los suyos, en sí mismos, también una periferia.

En el vacío, la periferia que mira a los suyos y las suyas como una periferia se enorgullece de su folclore solo cuando está validado en dólares y euros. Me entristece mucho que la herida colonial esté tan internalizada que ni siquiera se cuestiona. O que, en tanto alguien lo haga, la periferia la tilde de exageración. A veces creo que se volvió una especie de rezo y de ruego, que las y los latinoamericanos intenten, al menos, considerar el alto desdibujamiento de sí mismos/as que genera la obsesión por la pertenencia. Tuvieron que venir las marcas extranjeras a comercializar las estéticas de los barrios y los mercados regionales para que sus propias personas los visiten. Para que dejen de mirarlos como feos, o para que empiecen a mirarlos por primera vez, como estéticos. Efímera mirada si las hay, que solo queda en una fotografía para el feed, hasta que otras marcas comercializan otras estéticas regionales y van recorriendo territorios, y así continúan diciéndole a las y los propios latinoamericanos qué tienen que mirar de sus espacios y cómo lo tienen que catalogar. De la humildad, los barrios y las personas con bajos recursos como utilización estética, ya no sé qué más decir, mi urticaria me gana. La romantización de la pobreza se volvió, además, el principal elemento estético de “lo latinoamericano” que se comercializa y se replica en estilismos, por las mismas personas que la aborrecen y que hacen lo posible para que siga manteniéndose en la exclusión.

Es aceptado como estético vestir huaraches si son los de la cápsula de Willy Chavarría, y son hermosos los panama hats si los diseños son de Sol Pardo. Es parte de nuestro interior, inamovible, mirar las paredes de nuestras casas, la nostalgia de la niñez en el territorio como primer reconocimiento consciente de nuestras raíces, los cañaverales con su alto valor productivo, y la salsa como un ritmo con importante peso histórico si forma parte del concepto de un artista mainstream, como Bad Bunny en un disco, replicado después en el Super Bowl. Oscila, de manera efímera y ante la tendencia extranjera, el “orgullo latino”: tiempo después, los mismos países vecinos se unieron a la campaña de odio que recibió Argentina en el Mundial de fútbol, encargándose de propagar con mucho fervor “América Latina unida, menos Argentina”. Las contradicciones crecen, son gigantes pero también milimétricas. No se puede tampoco desistir de ellas, tienen vida propia. Suelo navegarlas con impotencia y con miles de preguntas sobre cómo transitarlas, y sobre cómo, como periodista, abordarlas y comunicarlas. Desnudarlas, volverlas tan pequeñas que se sientan fáciles de mirar y de deconstruir. Y la mejor manera que encontré fue no huir de mi propia sensibilidad.

No es un superpoder biológico solo del género femenino. La sensibilidad es una característica humana. Una postura, una forma de mirar. Puede que sea un tanto individualista, sí: necesita mucho de conocerse a uno/a mismo/a para poder escucharla. Sin embargo, es una brújula muy útil, una alerta precisa ante la exclusión. Impoluto su timing, procesa información externa de manera veloz, la traduce en el cuerpo y da una respuesta guía. Su único secreto es entrenarla. Ligada a la sensibilidad se encuentran las narrativas de las prendas y las colecciones. Muchas veces parten de ahí, muy del realismo mágico, la inexactitud que genera la interpretación del sujeto ante una obra creada, que luego es observada y, en este caso, también vestida. La fusión de las opiniones le regala múltiples caras. Sin embargo, esto no implica que su raíz quede cubierta, mucho menos para la sensibilidad. No es inmune a la intención, su radar es exquisito. La prenda más preciosa, presentada en la fashion week más legitimada, por la firma más posicionada, no estará eximida de su naturaleza de exotización si la posee, ante los ojos de quien no banaliza sus raíces. Ahí la sensibilidad siempre me permite argumentar el criterio: mientras celebro que el diseño latinoamericano esté habitándose a sí mismo fuera de la región, seguiré armando la guía que le permita volver a sus propios ojos para mirarse únicamente desde ahí.

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