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¿Cómo se viste un pueblo abandonado?

Madre es la columna personal de Jessica Signoretta, fundadora y directora editorial de Sofoco.

Esta entrega tiene un nivel un poco alto de vulnerabilidad. Dudé mucho en hacerla. Pero parte de esa vulnerabilidad es mía, más allá de lo que cuentan estas historias, porque mi rol profesional me enfrentó con mi parte emocional.

Hace semanas que estoy investigando y siguiendo de cerca la situación actual de Cuba. Decir que es triste y desastrosa es poco. Mi investigación estuvo teñida por una búsqueda de imágenes de archivo para un proyecto y, paralelamente, el diseño cubano me parece interesante porque muchas de sus marcas locales producían upcycling mucho antes de que la técnica se volviera una forma de mercado. Pero me choqué con la realidad cotidiana de la isla y me quedé quieta unos días pensando cuánto puede un medio de comunicación sobre moda.

Decidí moverme de manera plenamente racional y me basé en la línea editorial de Sofoco: comunicar y documentar moda desde una mirada antropológica. Busqué contactos, le escribí a muchxs desconocidxs, subí una story llamando a cubanxs. Recibí más respuestas de las que mi esperanza suele anticipar para un medio emergente. Tenía mis preguntas listas, tenía claro qué quería saber. No llegué a dimensionar previamente con lo que me iba a encontrar.

Nada de lo que le está pasando a Cuba es circunstancial. La detención de Nicolás Maduro agigantó el bloqueo a la isla y al día de hoy directamente ya casi no hay petróleo. Los cubanos y las cubanas están viviendo con cortes masivos de luz de más de 24 horas seguidas, entre basura porque sin petróleo no hay recolección, con hospitales sin insumos ni medicamentos, con ambulancias que no pueden salir, con escasez de comida: la mayoría son alimentos no perecederos provenientes de la ayuda que está ofreciendo México, único país con acción presente. Los salarios están bajísimos y congelados, la inflación no para de subir, la brecha es abismal. El límite de un medio de comunicación sobre moda para hablar de política internacional es obvio y es un área que merece otros análisis pero, resumiendo, esta nueva manera de operar sin recurrir a guerras que Estados Unidos está implementando en la región, para prácticamente obtener la potestad de los países, está dando mucho efecto.

Le hice dos preguntas a las personas que logré entrevistar. Una de las respuestas varió según las experiencias personales y la situación particular de cada cubanx, pero la otra no. Cuando pregunté si podía citar sus nombres como fuente, me dijeron rotundamente que no. Dentro de mis búsquedas, me encontré con una encuesta de CubaData realizada para Diario de Cuba (podes verla completa acá), donde el 24,4% de lxs encuestadxs están de acuerdo con la afirmación “Hoy en día, expresar opiniones en público puede traer consecuencias; por eso mejor evitarlo”.

Puedo decir de mis entrevistadxs que son millennials y que no residen actualmente en la isla pero tienen a su familia allá. Que la prioridad de sus días es ajustar sus rutinas a los momentos en los que pueden comunicarse con ellxs, para prácticamente monitorear cómo están. Nunca el acceso a internet en Cuba fue fluido o libre y ahora está peor. Con los cortes de luz, los sistemas, de por sí controlados, funcionan muy mal y pasan horas incomunicadxs. ¿Y con la ropa, qué pasa?

Hoy vestirse en Cuba es un acto de mera practicidad. No es una afirmación reduccionista. La ropa es material para paliar situaciones cotidianas. Las familias venden ropa como ingreso único o complementario para poder comprar comida. A veces es material para trueque. Sirve como repasador, abanico y como cobertura de heridas. La conexión emocional con las prendas de los antepasados perdió su relevancia: las faldas de las abuelas, las camisas de los abuelos, los vestidos de las madres se venden o se modifican para crear otras prendas que se puedan vestir hoy. Varias veces por semana el acceso al agua es irregular. A veces son trapos. La mirada hacia el vestirse quedó relegada y enfocada en la supervivencia. Las ferias y las tiendas de segunda mano son los comercios que más sobreviven, ya que no solo las clases media-baja están comprando ahí. La importación de ropa no existe y lo permitido para los familiares residentes en el exterior es el envío de remesas o paquetes con contenido de valor. ¿Y la industria de la moda local? La pregunta más tonta del momento.

Para mis entrevistadxs, la ropa de su familia tiene un valor altísimo. Se llevaron prendas de sus madres, abuelas y abuelos que visten con frecuencia. Son conscientes del significado que cargan en ellas: la distancia, el sacrificio de ambas partes. Ahora cuando las miran, les suman la frustración de no poder hacer nada por ellxs. Cómo moldea el foco nuestra realidad, ¿no? La vorágine que hace que muchas veces no registremos cómo la ropa conecta y desconecta, o cómo el acto del vestir, como verbo, pierde completamente registro ante la necesidad.

Pude ver muy pocas fotos de lxs familiares de mis entrevistadxs. En ellas, las prendas que más se repitieron fueron remeras de algodón blancas y guayaberas estampadas con los colores desgastados. Pensé mucho en esos colores. Pensé en cómo se apaga un textil cuando se apaga un pueblo viviendo en malas condiciones. O cómo es lo único que queda vivo, con la forma que puede, cuando se quiere preservar un momento histórico, aunque sea el peor de todos, idealmente (pero en la realidad poco probable) para que no se vuelva a repetir. También pensé en que cuando ya empieza a quedar nada, la ropa siempre queda. Como un escudo, como una muralla del dolor interno, como un acto de cuidado a las heridas del cuerpo, como un puente de recuerdos o una forma de mirar el futuro: la ropa de un pueblo que hoy resiste, ojalá sea la que después solo presencie las rondas de anécdotas sobre cómo se sobrevivió y abrace el alivio de una Nación.

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